I. La violencia doméstica es una de
las manifestaciones de la violencia más general que caracteriza las sociedades
de masas contemporáneas. La investigación etnográfica revela que la violencia
doméstica ha estado presente también en
la mayoría de las sociedades no occidentales. Las tradiciones culturales
a lo largo del tiempo se han ocupado de reglamentar las diferentes modalidades
de autoridad y subordinación al interior de la estructura de géneros. A pesar de ello, se
han visto emerger conductas violentas ejercidas dentro de los ámbitos
domésticos, las que son posteriormente transformadas en costumbres
generalizadas. Hay numerosos ejemplos. Baste mencionar apenas dos: el
infanticidio femenino de las recién nacidas en la India tradicional , y el
castigo de la esposa de su hijo, por parte de su suegra en la China antigua. Con relación a la
tradición islámica, desde su texto básico se establecen categorías de
discriminación y subestimación de mujeres y ninas, cuya interpretación varía de
acuerdo a cada una de las culturas en la que se practica.
II. Entendemos como
«disparadores» de la violencia en las sociedades occidentales
contemporáneas aquellos elementos que estimulan su aparición. El fenómeno
urbano es uno de ellos, y otro es el crecimiento demográfico. Investigaciones
comparativas entre medios urbanos y rurales arrojan como resultado que la
violencia aumenta en las ciudades. Otros disparadores adicionales de violencia
doméstica son: el alcoholismo, la drogadicción, la desocupación, el
hacinamiento dentro de la vivienda, el
elevado numero de hijos por familia, el machismo generalizado y la autoridad
del varón, y la incomunicación o inhabilidad de utilizar el diálogo para
dirimir los conflictos.
III. Se sospecha que los altos grados de
frustración resultantes del incremento de las aspiraciones materiales,
incentivadas permanentemente por la publicidad, estimulan el resentimiento y la
violencia, incluyendo la violencia doméstica, por la imposibilidad material y
simbólica que tiene el sujeto para satisfacer esas aspiraciones. En este
sentido la sociedad de consumo produce procesos de estigmatización no
planificados, vinculados a la posibilidad del
uso de los bienes materiales y simbólicos que caracterizan la efectiva
integración de los sujetos a los diversos grupos sociales.
IV. El aumento de la violencia doméstica
o su mayor visibilidad en las últimas décadas, tiene que ver de manera
indirecta, con las transformaciones sufridas por la institución familiar
afectada por los procesos de
modernización, urbanización e industrialización que tuvieron lugar en la
primera mitad del siglo XX. Estos desencadenaron, entre otros efectos
importantes:
a) el quiebre de los linajes tradicionales, que protegían al
individuo de la competitividad social y aseguraban sus derechos patrimoniales y
materiales,
b) la reducción de la familia extensa a la familia nuclear y más recientemente, su
fragmentación a la familia uniparental (en especial, la familia matricéntrica)
a causa del crecimiento de las tasas de divorcialidad. Estas transformaciones
han implicado la separación entre la familia parental y la familia conyugal, y
han aumentado la vulnerabilidad de la institución familiar en cuanto grupo
pequeño sometido a las presiones de una sociedad de masas.
c) el ingreso masivo de la mujer al mercado de trabajo y la
paulatina transformación de los roles masculinos y femeninos dentro del hogar,
d) la sustitución de muchas de las funciones de la familia
tradicional por el sistema de instituciones educativas y socializadoras del
Estado en el modelo de Welfare State a partir de los años cincuenta.
Más recientemente en nuestro país
aparecen otras transformaciones
vinculadas a nuevos sistemas de
valores que estimulan la «inestabilidad» creciente de la familia, el
descenso de la tasa de matrimonios, y «la vulnerabilidad en la formación
de la pareja joven» , entre otras.
V. La violencia doméstica en los
términos en que es ejercida en la sociedad contemporánea se vincula a profundas
transformaciones ocurridas en los sistemas de valores en los últimos cuarenta
años. Entre otras, la declinación de las
lealtades a linajes o a grupos de parentesco, la ausencia de la protección por
parte del grupo consanguíneo a la inserción del individuo en la sociedad, y
como explica Charles Taylor , el énfasis en el individualismo exacerbado y la
autorealización. Con ello, el sujeto se encuentra simbólicamente huérfano,
librado a su propia gestión, frágil en su infancia, su envejecimiento o su
discapacidad. Su éxito o, más probablemente su fracaso, son fundados en su
propia gestión y en la competitividad–que en sí misma es una de las formas
aunque positiva de la agresividad—que pueda desarrollar.
VI. El declive de la importancia de la
familia en los procesos de enculturación del niño, la paralela declinación de
las instituciones religiosas tradicionales como agentes socializadores y
controladores indirectos de la violencia al interior de los grupos
domésticos, plantean el problema de la
conducta anómica, o sea, la conducta que se sustrae a las normas sociales.
En todas las culturas, los procesos de
enculturación del niño entrañan formas necesarias de regulación de sus
comportamientos agresivos, las que posteriormente son introyectadas y funcionan
como mecanismos de autorregulación. Esta regulación a través de sanciones es
una de las formas de aprendizaje que provee el conocimiento que todo sujeto
social debe tener respecto de lo que puede hacer y no puede hacer en relación
con los demás. En sus modalidades positivas, la regulación de la conducta
social a través de premios y sanciones, va
incorporando al sujeto al sistema de las normas sociales. Diversos
estudios respecto de la delincuencia juvenil revelan que cuando el sujeto no
introyecta un concepto de límites, de frontera, puesto por parte de la
autoridad paterna, su proceso de socialización es defectuoso. El sujeto no
tiene claro cuáles son los derechos de los otros y cuáles son los límites de
los derechos propios.
VII. El aflojamiento creciente de las
normativas «disciplinadoras» del control social de la costumbre y de
la legislación en las sociedades modernas contemporáneas que aparecen como más
tolerantes para con las particularidades e idiosincrasias particulares, y, por
otro lado, el creciente narcisismo que empuja al individuo a la
autorealización por encima de los intereses colectivos, suponen mayores
libertades, pero también mayores riesgos.
En la medida en que crecen las reivindicaciones del derecho a estilos de
vida «diferentes», se
desdibujan los controles de la esfera publica sobre la vida privada y ésta
queda sujeta a los vaivenes de los impulsos—agresivos o no—- de sus
actores.
VIII. Investigaciones sobre la
omnipotente influencia de los medios masivos y en especial de la TV revelan en los niños procesos de «desensibilización»
respecto de los efectos reales de la violencia, y la predisposición a conductas
violentas sobre la base de los «modelos» construidos por la TV. Según otros estudios sobre públicos adultos,
la agresión mostrada en las películas aumenta las probabilidades de que las
personas expresen violencia hacia otras personas durante un cierto lapso de
tiempo inmediatamente después de haber visto las películas. Hay indicios de que
ver imágenes de violencia predispone a activar los hábitos agresivos del
individuo.
IX. El empobrecimiento general del
discurso y especialmente del discurso dialógico y de la interlocución en las
sociedades contemporáneas, se debe en gran parte a la estandarización que le
imprimen al lenguaje los medios masivos volcados sobre públicos y audiencias
que no tienen la oportunidad de responder directamente a esa situación
comunicativa. En una segunda instancia, se quiebran los sistemas dialogales en
el seno de la familia y la pareja, y se empobrece la expresión de la
subjetividad que es donde se asientan
las frustraciones e insatisfacciones del sujeto. El discurso empobrecido
entonces no puede cumplir con su función expresiva de la agresividad, para
dosificarla y amortiguarla.
X. La violencia doméstica puede ser
estudiada en relación a la creciente conflictiva entre la vida privada, la que
a partir de la secularización de la sociedad país queda librada a su propia
autonomía, y la esfera pública sobre la que pesa la responsabilidad del
resguardo de los derechos sociales e individuales . La secularización uruguaya aleja los
controles de la iglesia respecto de la vida privada, fundamentalmente porque el
padre de familia se hace independiente de dar cuenta de sus actos en la
confesión, por ejemplo. El proceso de secularización va a inaugurar una
intimidad nueva, autónoma, no custodiada sino por los valores particulares cada
núcleo familiar, y de cada individuo.
XI.Según afirma René Girard , todas las
sociedades humanas a lo largo de la
historia y prehistoria se han valido de
mecanismos socialmente aceptables para vehiculizar la violencia intestina,
ejercida al interior de los diversos grupos sociales, y que dejada sin control provocaría el
conflicto permanente y, en definitiva, la pura desintegración de la sociedad.
Uno de estos mecanismos ha sido inventar un enemigo común externo, lo que se
conoce como «chivo expiatorio»,
sobre el que se depositan las frustraciones y los impulsos agresivos de
dicha sociedad. La emergencia de prejuicios raciales, xenofobia, terrorismo, o actos de violencia en espectáculos, estimularía la cohesión del grupo contra un enemigo
común, impidiendo los conflictos
internos. Las formas de vehiculización de la violencia intragrupal, para Girard
, han estado institucionalizados por sistemas religiosos o políticos. Pero,
¿qué sucede cuando esta violencia intestina, fundatriz, no encuentra maneras de
expresión institucionalizada? ¿De qué manera el grupo expresa su violencia sin
desintegrarse?
Teresa Porzecanski,
Doctora en Trabajo Social, Posgrado en Hermeneutica , Master en Tecnologias de
la Comunicación, Antropóloga especializada en Religiosidad y Etnicidad, docente invitada en la Universidad Hebrea de
Jerusalem.
Referencias.
[1] CEPAL/NACIONES UNIDAS. Sobre
revoluciones ocultas: la familia en el Uruguay. Montevideo, Octubre de 1996.
[1] Ibid.
[1] Taylor, Charles.1994. La
ética de la autenticidad. Paidós,
Barcelona.
[1] Ver por ejemplo, Albee, Reid. An overview of
Domestic Violence from within the three perspectives of Behavioral Science.,
Murray, John P. Impact of televised violence. También Mediascope National
Television Violence Study. (WWW).
[1] Commaille, Jacques. 1997. Violencia
doméstica: la necesidad de una política pública. En Cuadernos de Actualidad Internacional. Selección de artículos
publicados por la DocumentationFrancaise. Nº 16, Trilce, Montevideo, 1997.
Pp.47-55.
[1] Girard, René. 1972. La
violence et le sacré. Grasset, Paris.
[1] Girard, René. 1997. Literarura,
mímesis y antropología. Gedisa, Barcelona.
Sintesis conceptual en torno a la violencia doméstica.
09/Mar/2015
Teresa Porzecanski, para CCIU